miércoles, 6 de abril de 2011

¡OH,QUÉ BUEN SEÑOR Y QUÉ PODEROSO!



Teresa testifica la bondad de Dios y su eficacia. Dios le habla y realiza en ella lo que dice. Tiene experiencia del Dios misericordioso , que obra en ella lo El es. Nada ocurre en ella al margen de la acción de Dios. Se ha dado por entero a Dios, y se ve permanentemente invadida por Dios.


En su respuesta de amor Teresa pasa por situaciones de euforia y de desánimo. Son los altibajos típicos de cualquier proceso de enamoramiento. Máxime cuando el Otro es un Dios escondido. Aunque invisible, se deja sentir, porque obra para bien de su alma, por el gran provecho que hace su compañía.


La experiencia de Dios le cambia a Teresa su visión propia. Se ve otra. Se ve nueva. La palabra de Dios la transforma el pensamiento, los deseos, el corazón. Se encomiienda al Señor, confia en El, vive con El y para El, y emprende su camino en seguimiento auténtico con Jesucristo, su amigo verdadero. La escuchamos:


¡Oh Dios mio, quién tuviera entendimiento y letras y nuevas palabras para encarecer vuestras obras como lo entiende mi alma! Fáltame todo, Señor mio; mas si Vos no me desamparais, no os faltaré yo a Vos. Levántense contra mí todos los letrados, persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme los demonios; no me falteis Vos, Señor, que ya tengo experiencia de la ganancia con que sacais a quien sólo en Vos confía.


Pues estando en esta fatiga, solas estas palabras bastaban para quitármela y quietarme del todo: "No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé, no temas",- Me parece a mí, según estaba, que era menester muchas horas para persuadirme a que me sosegase, y que no bastara nadie.- Heme aquí con solas estas palabras, sosegada, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi alma hecha otra, y me parece que con todo el mundo disputara que era Dios.


¡Oh, qué buen Dios! ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso! No sólo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras son obras.¡ Oh, válgame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta el amor!( V.25,18).


Nos lo ha dicho nuestra Santa: la fe no empequeñece, sino fortalece; no disminuye el amor sino que lo aumenta; da ánimo, quietud y seguridad. Adios, amigos. Nicolás González

domingo, 3 de abril de 2011

¡OH SEÑOR MIO, CÓMO SOIS VOS EL AMIGO VERDADERO!



En el capítulo 25 del Libro de la Vida, Teresa nos sorprende por la seguridad con que se opone a t sus confesores y amigos, que la aconsejan que no siga por el camino de la soledad e intimidad en el trato personal con Jesucristo. Le decían sencillamente, al escucharle sus vivencias místicas, que no podía ser verdad tanta belleza.


Teresa estaba desconcertada. Percibía que ella estaba destinada a algo grande, aparentemente irrealizable, porque Dios le comunicaba gracias extraordinarias, que nadie podía creerse, excepto la protagonista. Evidentemente ella gozaba de una fuerza capaz de hacer lo que Dios quisiera de ella, sin merecerlo. Por lo que llegamos a la conclusión de que el Espíritu la inspiraba y movía desde dentro con el poder de quien es el Todopoderoso.


Por un lado, nos confiesa Teresa : Creo eran cinco o seis, todos muy siervos de Dios..., y todos se determinaban en que era demonio, que no comulgase tan amenudo, y que procurase distraerme de suerte que no tuviese soledad. Me fui de la iglesia con esta aflicción, y entré en un oratorio, habiéndome quitado muchos dias de comulgar, quitada la soledad, que era todo mi consuelo, sin tener persona con quien tratar, porque todos eran contra mí. Unos se burlaban de mí cuando de ello trataba, como que se me antojaba;otros decían que era claro (cosas del) demonio.


Ante semejantes juicios, ella no cedía, ni podía ceder, porque estaba absolutamente convencida de que Dios la acosaba: "me hacía el Señor recoger; y - sin poderlo yo excusar- me decía lo que era servido; y, aunque me pesaba, lo había de oir".


Y, después de cuatro o cinco horas de agonía, totalmente desconcertada y fatigada, sin ningún consuelo ni del cielo ni de la tierra, Teresa desemboca en oración. Y le pareció reproducir en ella el misterio de Jesús en el Huerto de los Olivos, a donde sus discípulos lo abandonaron, y a donde Jesús aceptó hasta el fondo la voluntad del Padre. A Teresa se le ofrece la oportunidad de reafirmar su fidelidad radical a su amigo verdadero, y, a su imitación oró así :


¡ Oh Señor mio, cómo sois Vos el amigo verdadero! ¡Y, como poderoso, cuando quereis podeis, y nunca dejáis de querer, si os quieren! ¡Os alaben todas las cosas, Señor del mundo! ¡Oh, quién diese voces por El, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos! Todas las cosas faltan. Vos, Señor de todas ellas, nunca faltais. Poco es lo que dejais padecer a quien os ama. ¡Oh Señor mio, qué delicada y pulida y sabrosamente lo sabeis tratar! ¡Oh, quién nunca se hubiera detenido en amar a nadie sino a Vos! Parece, Señor, que probais con rigor a quien os ama, para que en el extremo del trabajo, se entienda el mayor extremooo de vuestro amor (V.25, 17).


Amigos del BLOG, los encuentros de Teresa con Jesús Viviente le cambiaron la historia. Que nuestra Santa, con su testimonio, nos aproxime a la realidad de las realidades que es el Dios invisible. Con mis cordiales saludos hoy, el 496 aniversario del Bautismo de la niña Teresa. Vuestro amigo Nicolás González

viernes, 1 de abril de 2011

¡SEÑOR, TU ERES MI LUZ! GUÍAME POR EL CAMINO DE LA VIDA. Domingo, 3 abril



4º DOMINGO DE CUARESMA



El Evangelio de este domingo nos narra la curación de un ciego. Jesús cura al cielo por un doble motivo, para sanarle de una dolencia personal y “para que se manifestaran en El las obras de Dios. Jesucristo alude a este hombre ciego como parte de la humanidad doliente, para la cual Jesús va a ser la luz. No le cura de inmediato, como otras veces, diciendo : ¡recobra la vista!, sino de una manera un tanto desconcertante : echa un poco de saliva en el suelo, forma un poco de barro, restregó con él los ojos del ciego, y le mandó que fuera a lavarse a la piscina de Siloé. El ciego, sin entender en absoluto lo que estaba ocurriendo, pero fiado por completo en lo que Jesús le había dicho, obedeció. Y sus ojos se le abrieron al lavarse.


Pero ¿qué pasó despues?.- Cuando el ciego fue a su barrio, todos se llevaron una sorpresa, y empezaron a hacerse preguntas: ¿Era éste el ciego a quien tantas veces habían visto pidiendo por las calles?. Unos decían que sí y otros que nó. Y todos le asediaban a preguntas :¿ Cómo se te han abierto los ojos?- Y a todos les daba la misma respuesta: Jesús me restregó los ojos con barro y me lavé los ojos en la piscina y empecé a ver. Pero el prodigio les parecía tan maravilloso que no lo podían explicar; y le insultaban y maldecían. Cuando el ciego volvió a Jesús desconcertado, Jesús le preguntó: ¿Tú crees en el hombre que te curó?- Y el ciego cayó de rodillas delante de él y le respondió: “Creo, Señor”-


Jesucristo se volvió hacia los demás, y los llamó ciegos, porque no creían en una señal tan evidente de que El tenía poder de Dios, y les dijo que su misión era precisamente esa , la de ser luz del mundo. Todos estamos ciegos, de alguna manera. Porque vemos escasamente sólo la superficie de las personas, de los acontecimientos, y nos dejamos llevar de las apariencias. No vemos la verdad de las cosas. Ni siquiera nos podemos conocer a nosotros mismos, nuestras verdaderas tendencias, el verdadero rostro de nuestro corazón, lo más hermoso de la vida, de las personas. Los impulsos nos dominan y obramos por pasión, nó por racionalidad y por voluntad seria de hacer lo que demos hacer. Y estas oscuridades nuestras se convierten en estilos de vida, en criterios y en normas de conducta.-


¿Quién puede librarnos de tanta ceguera? El mismo que curó al ciego del evangelio, si creemos en El. La fe firme y ardiente iluminará nuestras tinieblas, nuestras cegueras. Sólo Jesucristo puede librarnos de nuestras oscuridades y cegueras. Pero necesitamos la fe. Tenemos que creer en su persona, en su palabra, y dejarnos llevar a la piscina de su misericordia, y lavarnos en las aguas salvadoras del bautismo, y de la penitencia, y en las aguas de su gracia y de su perdón. Por la fe en Dios se nos concede una luz nueva, para poder ver a Jesucristo como nuestro salvador, y cómo su perdón y misericordia nos dan una fuerza para hacer el bien y para hacer lo que debemos hacer. Lo peor de nuestra ceguera es que no somos conscientes de ella, no somos conscientes de que somos pecadores.


Son muchas las cosas que nos ciegan.La primera, nuestra ignorancia, Nos equivocamos tantas veces en nuestros juicios y apreciaciones, porque nos dejamos llevar por nuestros prejuicios, y porque nos ciegan nuestras pasiones. Estamos ciegos, tantas veces, de ira, de rabia, de envidia, ciegos por la ambición, por la avaricia, por la droga, por el sexo. Son cegueras funestas para la persona, porque la destruyen y matan. Estamos ciegos por las tinieblas del ambiente en que nos movemos. Vivimos en un mundo de espejismos y de luces artificiales. Las verdaderas luces que son los valores de la honradez, de la responsabilidad personal, de la humildad, de estar en paz con la propia conciencia ante Dios, de dar buen ejemplo, y de seguir los buenos ejemplos de los santos.-


Esos valores, predicados por Jesucristo entonces y ahora por la Iglesia, están en entredicho en nuestra sociedad, por unas fuerzas caóticas que envenenan las fuentes de la información.¡ Cuántas mentiras tenemos que oir y cuántas imbecilidades tenemos que aguantar! Hagamos nosotros lo que hizo el ciego del Evangelio, escuchar a Jesucristo, y creer firmemente en El. ¡Yo creo en Ti,